Everyday Omens

Se rompe un rosario

Un rosario se rompe, sobre todo, por el uso: el hilo o los eslabones se desgastan justo donde más pasan los dedos. Más que un aviso, es la huella de muchas horas en las manos de alguien.

Qué puede significar

El desgaste de un rosario guarda la memoria de su uso. Las cuentas se pulen, se afina el hilo y los eslabones se abren en los puntos por donde los dedos pasan una y otra vez, y por ahí acaba cediendo. Vista así, la rotura habla menos de una desgracia que de un uso largo y constante, a veces de años, a veces de alguien que ya no está. Lo que pide, en cualquier caso, es una decisión concreta: repararlo, guardarlo tal cual quedó o darle otro destino con respeto. Hace un siglo, en dos ciudades chilenas, ni siquiera se decía que un rosario se compraba: se «trocaba» por dinero.

Según cómo ocurrió

Se suelta el hilo y las cuentas ruedan

Pasa una linterna pegada al suelo, que hace brillar lo pequeño. Un rosario completo de cinco decenas tiene 59 cuentas, y saberlo ayuda a comprobar si falta alguna.

Se separa el crucifijo

Es el punto que más tensión soporta, porque cuelga y se agarra. Un joyero o una tienda de artículos religiosos puede unirlo con una anilla nueva.

Era de alguien que ya no está

Hay familias que lo guardan roto, tal como quedó, y otras que lo hacen reparar para seguir usándolo.

Un decenario en la muñeca

Las pulseras de una sola decena se rompen más, porque rozan con todo a lo largo del día. Normalmente basta con un hilo elástico nuevo.

Por qué ocurre en la naturaleza

Los rosarios de hilo se desgastan por el roce y la humedad de las manos, y los de cadena se rompen por las anillas que unen las cuentas, que se abren con los tirones. Las cuentas de madera o de semillas también se agrietan con los cambios de humedad. Lo primero que falla es el punto que más se agarra.

Qué dicen las creencias populares

Chile (La Serena y Santiago)

Hacia 1915, en dos ciudades chilenas, Santiago y La Serena, se decía que las imágenes de los santos, los rosarios y las reliquias no se compraban ni se vendían: se «trocaban» por dinero, y decir otra cosa era casi una herejía.

Fuente: Julio Vicuña Cifuentes, Mitos y supersticiones recogidos de la tradición oral chilena (1915), n.º 213, p. 188. Ver la página

Para pensar

¿Qué objeto tuyo se ha desgastado precisamente porque lo usas cada día?